La rutina es cómoda

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En el tren.

Mucha gente.

Pero qué silencio, un silencio casi espiritual, como concentrados en previsión de un esfuerzo descomunal a punto de hacerse, como deportistas en el vestuario, ante un reto único.

Nadie se habla. Apenas se miran.

Los pixeles de los teléfonos inteligentes son más interesantes y seguros, brillantes por defecto. Cuanta gente por conocer, demasiada pocas ganas para tanta gente. Quizás la absorba yo solo. Quizás cuando bajo de este tren, las ganas se vuelven a diseminar y la gente se habla, se mira y sonríe, se sonríe y se responde, intercambian gustos, intereses. No hablan de que hace frío fuera; tienen tantas ganas por dentro que, consciente del poco tiempo que tienen en ese viaje corto, van directo a lo que cada uno considera la esencia de una persona, pudiendo ser qué come, donde nació, que le gusta en la vida, sin pasar por las banalidades comunes.

En este tren me imagino estar rodeado de grandes músicos que a veces escriben maravillosas canciones que nunca nadie oirá, poemas que nadie leerá, que tienen… Vaya ya estamos en la estación…

Surge con la fuerza y calor de la lava la real preocupación de todas estas almas supuestamente ricas pero silenciosas: salir del tren pitando y llegar en los primeros en la cola del bus para asegurarse un sillón; aquí esta esa llama quesospechaba que había, esa pasión escondida: la de estar cómodo, más que los otros, o por lo menos igual. Ahí están aglutinandose a la puerta de ese tren que va ralentizando poco a poco; en este momento, la única inquietud que percibo en los ojos resignados de la gente es la de salir del tren y correr, sin pensar si hace falta o no, como cabras ansiosas por llegar el primero a la comida servida por el granjero, aunque como siempre sobrara. El granjero hoy no ofrecerá ni más ni menos que ayer: comodidad, al más rápido, al más inquieto por tenerla.

No pienses, corre!

No hables, corre!

No mires, que te caerás por la escalera.

Ya sentado en el bus – tengo piernas grandes y suelo llegar entre los primeros a la comida servida – y repetimos el mismo esquema silencioso, decenas de personas, casi abrazadas por la fuerza, y ni una palabra, ni una mirada – nada.

Me he cansado de escribir.

Voy a postear esto en mi blog que nadie en este bus sabe que tengo y voy a mirar los reflejos íntimos de esa mística luz paralela que reparte el solo que apenas se levanta, un día nuevo empieza, y se parece mucho a varios que ya han pasado.

La rutina es cómoda, permite soñar que salimos de ella.

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